La referencia constante y central dentro de la ficción contemporánea (tanto de la producción escrita como cinematográfica de Colombia) sobre la mujer no puede pasar por alto ante los ojos de la crítica.
Aventuraría, como hipótesis de trabajo, que esta representación, éste imaginario social ha cambiado radicalmente durante los últimos 20 años, y que el tipo de mujer que vemos hoy en la televisión y el cine, y que leemos en las novelas dista bastante de aquella mujer más clásica, ama de casa, doméstica en extremo, sin preocupaciones distintas a la cocina, los hijos, el hogar, con quizás unas pocas amigas, el esnobismo de los grupos de costura o de tomarse un té y cosas de ese estilo.
Casí podríamos decir echando un vistazo atrás que esa mujer de familia (la esposa) ha muerto en Colombia, en el imaginario aspiracional de la mujer. De ella sólo queda la religión, que sobrevive imponiéndose ante cualquier refutación de la cruda realidad, y que hoy es maravillosamente representada con bombos y platillos en la figura –cada vez más ficticia- de Ingrid Betancourt. Esta nueva santa mártir europea.
Vendría a ser después de mediados de los ochentas donde la mujer empezó a tomar un rol central en la ficción escrita, así como en el lenguaje cinematográfico donde fue cada vez más frecuente encontrarla haciendo papeles centrales, puesto casi exclusivo de los hombres en años anteriores.
La mujer que vimos de allí en adelante en películas como Pantaleón y las visitadoras, María llena eres de gracia, Paraíso travel, La vendedora de rosas; la mujer que hemos leido en obras como Dulce compañía, Rosario Tijeras (y entre las que cabría mencionar una posible predecesora, La mona de Que viva la música) y la mujer que hemos visto en telenovelas y series como Sin tetas no hay paraíso, El regreso a la guaca y hasta Betty la fea es la representación a la moda de una mujer independiente, ambiciosa, maquiavélica, embustera, desonfiable -descorazonada cuando le conviene pero tierna cuando no-; pero que a su vez es combativa, resistente, víctima tantas veces de sus propios inventos pero en definitiva y hasta vistimaria. Una mujer de armas tomar: una berraca, una echada pa´delante a la que no le importan mucho las posibles consecuencias de sus actos o por lo menos actúa que no.
Tras de ella se ha querido hacer ver una sociedad fragmentada en capas sociales excluyentes, donde el abandono estatal y la falta de opciones principalmente económicas se ha configurado en puerta falsa para la salida hacia el ilícito. Muchas, sino todas, son mujeres venidas de la pobreza, del abandono o la marcada ausencia del padre. Viven en familias de escasos recursos donde la mamá es el eje central de la supervivencia. Las une su deseo de superación, la ambición que las mueve a comportarse de formas maquiavélicas ante las opciones a las que el destino las enfrenta en sus respectivos contextos sociales.
Son mujeres en su mayoría a las que no les funciona el amor y que por ello, en algún punto de sus historias, dejan de creer en él, lo abandonan, lo traicionan. Prefieren en ese aspecto quedarse solas. Negar la existencia del amor si es necesario. Solteras no siempre a la orden, aunque pareciera. Igual, con dinero todo se logra comprar, parece ser el epitafio de sus destinos. La belleza, la inteligencia, el prestigio. Todo es cuestión de billete, de tener contactos en el poder o saber hacer la vuelta como dicen.
De allí siempre viene el salto hacia cualquiera de las opciones que la ilegalidad les ofrece: desde ser simples prostitutas para alguna mafia de barrio, hasta traficantes internacionales de drogas.
Así la mujer colombiana es frecuentemente entendida como asesina letal, famosa prostituta prepago de cientos de millones de pesos que sale en televisión, mula recomendada a la virgen de Chiquinquirá, amante de sicarios, políticos corruptos, narcotraficantes de cualquier edad o cultura, militares asesinos y/o ladrones. Para ellas el hecho es salir adelante, ayudarle a la mamá, tener dinero para aportar en la casa. Qué después de cierta edad ya nadie las mantenga. Quieren proporcionárselo todo a ellas mismas y a los suyos para demostrarle al mundo su ejemplo: que con la belleza todo se logra. Aunque haya excepciones, tan contadas, como la misma Betty, que por cierto, termina siendo hermosa.
No contentas con nada de lo anterior, estas nuevas mujeres quieren más y allí su ambición las suele castigar… aunque no siempre (muchas veces se salvan por suerte, algo que todavía existe en la lógica de algunos escritores y directores audiovisuales). Son afortunadas, por un buen rato, aunque su final siempre termina siendo un poco trágico. El hecho es disfrutar de la vida mientras dura pues en ellas tampoco hay futuro como en Rodrigo D, son contemporáneas a una generación de jóvenes hijos de la guerra, de la pobreza, del desplazamiento. Son mujeres crecidas en la guerra de las calles o del monte, guerras de las que no podrán salir aunque lo intenten, porque como sus sufrientes amores, las persiguen. A donde quiera que vayan un ojo las está vigilando.
Pero ellas no tienen escrúpulos, le piden perdón al ojo vigilante de dios y le explican que eso es por su s mamitas lindas y ya está. Se sienten perdonadas o algo parecido. El hecho es disfrutar. Mujeres sin educación, sin demasiados sueños. Que no hacen nada, que no saben hacer nada. Que lo único que tienen es su belleza.

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