Por lo general, me gusta llamar a las cosas por su nombre. Y sin más, debí haber escrito en el título “gripa porcina”, pero ¿quién se atreve a hacerle una marranada de esas a su propio escrito? Es tan disonante que cuando uno lo lee le dan ganas de ponerse una mascarita para continuar.
Pero no quiero ahondar en el penoso nombre, más bien, hablarles de los efectos en la ciudad de México. Esto cambió los ritmos sociales. Uno de los aspectos más evidentes son los saludos. Antes, de acuerdo con la cercanía con el prójimo, uno daba la mano, medio abrazo, y en caso de que fuera del sexo opuesto, un tradicional besito en la mejilla. Ahora, recurrimos a un saludo sacado de las viejas películas del oeste. Distancia de por lo menos un metro entre los saludantes, expresión fría, y con la mano levantada a la altura del pecho, como si se estuviera jurando “por dios, que no la tengo”, decir “aho”.
Lo otro son las miradas en la calle. Todos nos observamos en una mezcla de inquisidor y de culpable. Donde uno cambia el rol de acuerdo a cuánto tiempo se sostenga la mirada: ¡tú la tienes! No mentiras, de pronto yo… no,¡estoy seguro que tú! y así, hasta que ambos bajan los ojos.
Lo que antes era la acción fisiológica más común, se convirtió en tabú. Estornudar o toser en público es peor visto que sacar un revólver. Si a uno le entra esa piquiñita que anuncia estornudo, lo mejor es tratar de evitarlo a toda costa, pero si se hace inevitable, y uno emite la inconfundible exhalación, no recibirá el tradicional “salud”, sino una mirada que murmura “porcino”.
La mascarita azul pálida hace ya parte de la indumentaria facial cotidiana. Parece que hubieran invitado a una gigantesca fiesta de disfraces, y que a todos les dio por ser enfermeros. Pero como toda moda, cada uno tiene su forma de llevarla, y hay muchos que la dejan caer hasta el cuello, a modo de collar, como si abrigarse la garganta fuera otro medio para evitar el contagio. Los que así la usan, parecen decirle a los demás -sí, soy precavido, pero tampoco paranoico-.
Y por último, se respira (a través de la máscara) una sensación de vergüenza nacional. A los mexicanos, como a todos los latinoamericanos, les gusta que su país sea reconocido en el mundo. Pero ser la cuna de una potencial pandemia no es exactamente el tipo de reconocimiento que esperaban. Sin embargo, no deja de existir cierta complicidad y solidaridad, y los mexicanos parecen decir con resignación: pues ya que no influimos el mundo, por lo menos lo influenzamos.
Felix Manuel Burgos
PD. Si algo me llega pasar, y alguien pregunta, no se les ocurra decir “fue la gripa porcina”, qué muerte tan poco elegante. Díganle más bien “una exótica enfermedad”. Pero si salgo de ésta, por favor escríbanme este correo y no al de yahoo (toda epidemia merece un cambio). fmburgos@gmail.com
